En la fiesta de Corpus Christi el Santísimo Sacramento se lleva en procesión por las calles de la ciudad para mostrar que Cristo resucitado camina en medio de nosotros y nos guía hacia el reino de los cielos.
Cristo es el pan bajado del cielo que nos conduce a la vida eterna. La noche del Jueves Santo poco antes de su pasión, en la última Cena que tiene Jesús con sus apóstoles, brota de su corazón como una fuente el amor del Padre del Hijo y del Espíritu Santo; un amor más fuerte que la muerte; Jesús, encendido de amor, levanta el pan y el vino adelantando su entrega por nosotros , para que nosotros también conociéramos ese amor. Y el fruto de ese amor convierte la sustancia del pan y del vino en su cuerpo y en su sangre. Así, cuando comulgamos, conocemos y participamos de ese amor y poco a poco también nosotros, nos vamos transformando. Esta transformación es posible gracias a la comunión con Dios mismo. Por eso Jesús dice: “el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día.”
