Lourdes

Soy la Inmaculada Concepcion

Alégrate llena de Gracia
El Señor está contigo
¡Alégrate tú, por quien resplandecerá la alegría!
¡Alégrate tú, por quien se acabará la maldición!
¡Alégrate tú, por quien Adán se levanta de su caída!
¡Alégrate tú, que enjugas las lágrimas de Eva!
¡Alégrate, cima inaccesible al pensamiento humano!
¡Alégrate abismo impenetrable aun en los ojos de los ángeles!
¡Alégrate, porque tú eres el trono del gran Rey!
¡Alégrate, porque tú llevas en tu seno a aquel que sostiene todas las cosas!
¡Alégrate, Estrella mensajera del Sol!
¡Alégrate seno de la divina encarnación!
¡Alégrate tú, por quien se renueva la creación!
¡Alégrate tú, por quien y en quien es adorado el Creador!
¡Alégrate esposa no desposada, Virgen!

(Del Primer canto del himno Akatisto)

Ante el modo tecnicista de pensar, que valora el hacer, producir, planificar, sin acoger nada de nadie sino confiando solo en sí mismo, María, que renuncia a sí misma y se ofrece para que acontezca en ella la palabra de Dios, nos muestra el verdadero camino de la Fe.

Frente al “Espíritu moderno” que ve al hombre como árbitro de su propio destino y artífice único de su vida, en María resuena la afirmación de la absoluta primacía de la iniciativa de Dios en la historia de la redención. Por ello en la edad moderna se llegó a la definición del dogma de la Inmaculada Concepción.

Al hombre moderno, frecuentemente atormentado entre la angustia y la esperanza, postrado por la sensación de su limitación, asaltado por aspiraciones sin término, turbado en el ánimo y dividido en el corazón, la mente suspendida por el enigma de la muerte, oprimido por la soledad mientras tiende hacia la comunión, presa de sentimientos de hastío, la Virgen contemplada en su trayectoria evangélica y en la realidad que ya posee en la ciudad de Dios, ofrece una visión serena y una palabra confortante:

La victoria de la esperanza sobre la angustia, de la comunión sobre la soledad, de la paz sobre la turbación, de la alegría y de la belleza sobre el tedio y la náusea, de las perspectivas eternas sobre las temporales, de la vida sobre la muerte”

(Emiliano Jiménez Hernández)

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